martes, 21 de abril de 2015

La rutina... ...apesta.



El incesante sonido de las teclas al repiquetear sobre las mesas, provocado por un exceso de fuerza empleado, y también por culpa de la tensión acumulada a lo largo de un duro día de trabajo se colaba en mis oídos. Una melodía incómoda a la que sólo gracias al paso del tiempo había conseguido acostumbrarme.
Un día tras otro, la rutina engullía todo el tiempo que tenía para mí, haciendo que apenas las migajas sobrantes fueran el soporte que mantenía la balanza en una posición media, sin decantarse por un extremo u otro. Sin embargo, aquella noche las cosas cambiaron, y lo hicieron de un manera drástica, para siempre.
«Basta». Pensé por primera vez en deshacerme de todo lo que hasta el momento me encadenaba al trabajo «¡Nada de esto tiene sentido!».
Miré con extremo recelo la pantalla del ordenador. Mi lado racional aún hablaba, intentado alejarme de locuras de las que luego acabaría arrepintiéndome «¿No lo entiendes? Acabarás lamento esta decisión». «Pero... ¿por qué?» Pensaba por otro lado «¿Por qué seguir con esto?»
Me incorporé de golpe y para mi alivio, ninguno de los compañeros sentados en las mesas colindantes hizo ademán de prestar atención al tipo que sin motivo aparente acababa de levantarse.
– Gutiérrez –Dijo el jefe en voz alta–. Vuelva al trabajo y déjese de perder el tiempo.
Hubo una pausa, el ruido de las teclas al entrechocar impedía un incómodo silencio.
– ¿No lo entiendes? Es la última vez que te lo digo, siéntate ya –Avisó dando un ultimátum.
– Dimito –Dije al fin.
– Bien, ahora haga el favor de sentarse... ¿Eh? –Mis palabras lo habían pillado totalmente desarmado–. ¿Es que se ha vuelto loco, Gutiérrez?
Ahora eran muchas las personas que detenían las tareas para dirigirme una mirada curiosa.
– Debo estarlo, jefe. Pero no puedo seguir con esto, si yo estoy loco, este debe ser sin duda el manicomio.
– ¡Piénselo dos veces! ¡Aún puede retractarse!
– Lo siento. Me voy para no volver –Ni siquiera reparé en algunos enseres personales que yacían sobre el escritorio. Lo único en lo que pensaba era en abandonar el edificio. Algo cambió en mi interior, no supe decir el qué, pero no sentía ninguna clase de remordimiento, más bien alivio, por fin me había deshecho de un lastre en mi vida.

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